sábado, 26 de enero de 2013

La mina terrestre del temor

Los seres humanos tenemos razones legítimas para tener miedos, pues nuestro mundo tiene muchos peligros. Pero, aunque nuestras circunstancias sean amedrentadoras, los cristianos no debemos vivir con temor. Pues las maravillosas promesas de Dios nos permiten vivir sosegadamente en medio de lo que nos rodea.
Para nuestra protección, Dios ha infundido en nosotros algunos temores naturales, propios de nuestro instinto de preservación, como el miedo a las serpientes o las aguas profundas. Además, el Creador nos dio también un sistema de advertencia para que reaccionemos con rapidez ante el peligro. Por ejemplo, si un automóvil viene a alta velocidad hacia nosotros, una reacción instantánea de alarma puede salvarnos la vida.
En otras palabras, algunos temores nos protegen. Pero el miedo constante y absorbente es dañino. Si bien, nos preocupamos por los riesgos que pudiéramos enfrentar o nuestros seres queridos, debemos confiar en Dios, en lugar de sentir angustia por todo lo malo que podría ocurrir.
A medida que crece la ansiedad, aumenta también la incertidumbre, hasta que ésta obstaculiza nuestra relación con Dios. Los temores son resultados de nuestras dudas en cuanto al auxilio del Señor. Eso hace que centremos nuestra atención en nuestras preocupaciones, en vez de Aquel que ha prometido sostenernos en su mano.
El Señor nos brinda fortaleza porque sabe cómo puede atormentarnos el temor. No permita que las preocupaciones le cieguen a sus promesas y le priven de la ayuda que Él siempre pone a nuestra disposición. La Biblia nos recuerda: “Mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten” (Fil 4.19 NVI).


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